Juan Manuel Vázquez

En cuatro minutos consiguió los dos goles más recordados de la historia // Abrazó la causa de la izquierda y fueron sus ídolos el Che y Fidel Castro

En México 1986, Maradona marcó el gol del siglo y a la vez logró una especie de revancha histórica al vencer a Inglaterra en cuartos de final.

Diego Armando Maradona murió ayer a los 60 años por un infarto. Diego, el hombre que vivió al límite su personaje, no resistió más. Maradona, el mito que construyeron entre todos en el mundo, permanece. Fue repentino, pero ¿acaso inesperado? El ex jugador que convirtió una cifra en parte de su nombre, El Diez, falleció apenas unas semanas después de una cirugía para removerle un coágulo en la cabeza el 3 de noviembre y de haber cumplido años el 30 de octubre.

Desde las primeras horas de aquella intervención médica se temía por su vida. El astro argentino, fiel a su leyenda gambetera de sorpresas y chanchullos, de caídas y renacimientos, volvió a pasarle la pelota entre las piernas a los peores augurios. Había sobrevivido y parecía que se recuperaba. Ahí, precisamente, volvió a hacer un quiebre genial. Cuando el mundo creía que el Diego era inmortal, su muerte llegó el miércoles a mediodía en su nueva casa de Tigre, en la provincia de Buenos Aires.

Fue una muerte natural de un ser que parecía que no lo era. A pesar de esa evidencia, el fiscal John Broyad informó que se le realizaría por la tarde una autopsia al ídolo.

Maradona sobrevivió a todo, a una entrada histórica de Goikoetxea que lo lesionó en 1983, a perder la Copa del Mundo en 1990, al descrédito por dopaje en el Mundial de 1994, a la FIFA, la AFA y a los dueños del balón que fueron sus adversarios. Diego, sin embargo, no sobrevivió a sí mismo, a una vida de extremos y contrastes, a las secuelas de sus adicciones.

Como todo mito genial el ego lo desbordaba. El tema favorito de Maradona, además de la pelota, era él mismo. Tuvo la osadía de desdoblarse en unos mellizos que representaban esa dualidad que lo persiguió toda su vida, y también durante toda su leyenda, en una simulación de un frente a frente en su programa de televisión de 2005, La Noche del Diez, Diego, vestido muy formal con un saco, entrevistaba a un Maradona más casual.

Cuando el Diego, en una representación del hombre en toda su humanidad, cuestionaba al mito si se arrepentía de algo en su vida. Maradona se humanizaba y mostraba su costado más frágil, el del arrepentimiento. Lamentó no haber estado cerca de sus hijas, no verlas crecer, el dolor provocado a sus padres. Y desde luego, las adicciones, sus demonios internos que lo atormentaron en la vida. Pero la droga no como una presencia que le hizo daño al cuerpo y mente de ese hombre, sino al enemigo que atentó contra lo más sagrado: el futbol.

–¿De qué te arrepientes? –preguntaba el Diego como si sólo a través de ese diálogo pudiera escarbar en su propio abismo.

–No haber podido dar el cien por ciento en el futbol –respondió Maradona al otro que también era él mismo–, yo con la cocaína di ventajas y vos lo sabés bien. Nos drogábamos, no dormíamos, nos consumíamos y después salíamos así a la cancha. Cuando se habla de droga en el futbol, cuidado, yo di ventajas.

Los dos tiempos de El Pelusa

Como un dios bicéfalo, el argentino poseía dos rostros que eran uno mismo. Hay un Diego que representa al personaje que nace en la miseria y alcanza la gloria contra la adversidad. Un tipo mundano y hasta vulgar amante del lujo, que presume dos costosos relojes, uno en cada muñeca, con horarios diferentes. Y hay un Maradona rebelde, el que admiró al Che Guevara y a Fidel Castro –los llevaba tatuados en la piel–, que desafió al poder en el futbol y protestó contra el imperialismo.

En el primer tiempo, el del origen, hay una grabación en blanco y negro de 1970 donde se observa a un niño melenudo. Con voz infantil y atropellada, el pequeño Diego habla de sueños y trasluce la pobreza de Villa Fiorito, una zona precaria al sur de Buenos Aires.

Mi sueño es jugar un Mundial, dice quien alcanzaría el estatus de leyenda al ganar con Argentina la Copa del Mundo de México en 1986, donde Diego anotó los dos goles más recordados en la historia. El de la mano de Dios y el gol del siglo. La trampa y el genio en un mismo partido ante Inglaterra con sólo cuatro minutos de diferencia.

Después de acercarse al sol, Maradona inició una caída que no cesó el resto de su vida. En el Mundial de Estados Unidos, en 1994, fue expulsado de la selección por dar positivo de efedrina. Durante un partido ante Nigeria le hicieron una prueba aleatoria y tras recibir el resultado, Diego caminó al centro de la cancha tomado de la mano de una mujer vestida de enfermera y se despidió. Poco después enunció una de las frases que mejor describen el descenso del ídolo: No quiero dramatizar, pero me cortaron las piernas.

Sólo tres años más tarde, Diego abandonó el futbol. Alejarse de la cancha lo llevó a convertirse en el héroe caído, la gloria del deporte empeñada en su autodestrucción. El que fuera un prodigio del balón, parecía reclamar a sus detractores con su abandono, obeso y enganchado a las drogas.

Después de entradas a clínicas y recaídas, volvió porque Diego también fue la resurrección. Una crisis cardiaca en el 2000 estuvo a punto de costarle la vida. Tras una larga estadía en Cuba para rehabilitarse y una operación de bypass gástrico que le ayudó a perder más de 50 kilos, devolvieron a un Maradona rejuvenecido, irreconocible respecto a la imagen abotargada que deambulaba lenta en el pasado.

El nuevo Diego apareció en su programa de televisión de 2005, La Noche del Diez, donde en la emisión de la entrevista a sí mismo se preguntó sobre las drogas.

–Cuéntame de la última vez que te drogaste –dijo el Diego entrevistador a su otro yo.

–No jodás, cómo no vas a saber, si nos drogamos juntos. Hace un año y medio que no nos drogamos –respondió Maradona y el estudio reventó en aplausos.

Maradona, el rebelde

En 2008, el director serbio Emir Kusturica filmó un documental sobre Maradona. Un relato en el que mostró la complejidad del personaje, lo mismo estrella pop que genio de la pelota, una víctima de la cocaína y un militante de la izquierda. El cineasta se pregunta quién es ese hombre al que llama el Sex Pistol del escenario del futbol y no duda en afirmar que si Andy Warhol viviera, lo habría pintado junto a Marilyn Monroe y Mao Tse Tung.

A Maradona lo comparan con otros ídolos del deporte. Es lo normal. Lo que casi ninguno se ha atrevido es a asumir una posición en el resbaloso piso de lo político. Cuando lo hacen, suelen ser atacados como les ocurrió al boxeador Muhammad Ali, los velocistas John Carlos y Tommie Smith y al futbolista brasileño Sócrates.

Diego exhibía su devoción hacia el Che Guevara tatuado en su brazo derecho y a Fidel Castro, a quien llamó su segundo padre, impreso en su pierna izquierda, la de la pelota.

Hace 15 años montó en una caravana en tren para protestar en la Cumbre de Las Américas en Mar del Plata por la visita de George W. Bush. A un costado de Evo Morales, Diego manifestó su desprecio por el presidente de Estados Unidos.

Esto es por mi orgullo como argentino, dijo Diego; ir en este tren para repudiar a esta basura humana que es Bush. Los argentinos vamos por la dignidad.

Antes de la caída final, Maradona volvió a mostrarse como el hombre batido por las adicciones. Gordo y sin poder hablar claro recordaba la versión de sus peores años. Y aun en esos momentos, parecía recordarle al mundo su declaración más profunda cuando lo homenajearon en La Bombonera con Boca Juniors.

Si uno se equivoca, el futbol no tiene por qué pagar. Yo me equivoqué y pagué. La pelota no se mancha, dijo como despedida.

La cirugía para remover el coágulo fue como una advertencia hace pocas semanas. Durante días el mundo esperaba un desenlace trágico y parecía que el ídolo lo había superado otra vez. Sólo fue una gambeta, ayer murió el Diego. Maradona, el mito, vive.

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