Hermann Bellinghausen

Existe una edad incierta, sin edad podría decirse, cuando uno está realmente perdido pero confía en su extrema juventud, infancia casi. Si algo es cierto es que crecerás, y podrás ir a cualquier lugar que tus pasos y el azar te deparen. En aquel territorio fronterizo, al borde de los 14, ya estaba echado a perder lo suficiente como para desafiar taimadamente a la autoridad y a la fuerza de gravedad, como si nada me pudiera ocurrir. Lo peor para mis educadores y superiores era que, en efecto, nunca pasaba de unos raspones.

Mis lecturas hasta entonces habían resultado perniciosas en grado sumo, y así se seguirían hasta abarcar el resto de mi vida. Dos años de vacaciones y El rayo verde, de Julio Verne; la saga entera de Tom Sawyer, y sobre todo Huck (¡el río, el río!), La isla del tesoro, El dinamitero, La flecha negra y lo que fuera de Stevenson, todos los piratas de Salgari que cupieran en mis fines de semana, El prisionero de Zenda, Trafalgar, de Pérez Galdós, y pronto Bajo la rueda, de Hesse, si es que acaso entendí algo.

Junto con pegado, desarrollé en complicidad con mis más próximos coetáneos la peculiar movilidad que permiten el campismo y la sed de aventuras. A tal actividad, que podía ser urbana, suburbana, rural o en provincia (cuando fuera de México todo era Cuautitlán, según el dicho), le dábamos el nombre genérico de rol. No desperdiciábamos ninguna oportunidad de salir a rolar.

No conocíamos todavía el sexo, aunque albergábamos duras sospechas al respecto; a cambio, veníamos desarrollando una original inclinación por las distancias terrestres y los destinos estrambóticos, como la vez que los cuates nos citamos en Tingüindín nada más por el nombre, o las numerosas ocasiones en que nos íbamos a pie, corriendo en las bajadas, de Tlalpan a Cuernavaca por entre los cerros y los valles, o bajo las torres de electricidad, y llegábamos al anochecer, rendidos.

Aquella libertad conocía un límite, tener permiso parental, que implicaba el financiamiento mínimo de la corrida, como no fuera en las incesantes calles de la capital que nos salían casi regaladas. No costaba lo mismo rolar por Carretones, La Merced o la Zona Rosa en su tiempo de esplendor, que lanzarse en tren a Salina Cruz, en autobús a Melaque o Nautla, o de dedo a Guanajuato y San Blas. Vivir era más barato. Con 40 pesos íbamos y veníamos del mar en un alargado fin de semana. Mi domingo no pasaba de cinco pesos, y luego 10 ¡para todo!: cine, camiones, chuchulucos y, además, no todos los libros me los robaba del Sears de Ejército Nacional.

Cuando entré a la edad de la punzada el trato cambió en favor de una meritocracia arbitraria con mis papás como único jurado. Añado que en mi casa el patriarcado era materno. Un día, tras cierta represiva prohibición de salir a un rol a la costa del Pacífico de particular importancia, dije nunca más y determiné no volver a pedir permiso, sólo avisar. Eso requería resolver el problema financiero de un chamaco mantenido y lo primero que se me ocurrió fue ir a ofrecerme de bolero con los vecinos, pero no era negocio ni me gustó. Entonces ideé ofrecerme de pintor en casas y departamentos que se fueran a rentar en la colonia Irrigación, en extraña colindancia con grandes fábricas de detergente, automóviles, vidrio, llantas, dulces y dinero. Sí, en mi calle fabricaban los billetes y las monedas de la Federación, a dos cuadras de la casa de ustedes.

Encontré demanda, y pintor de brocha gorda fui. En serlo descubrí una euforia estupenda. Sintonizaba Radio Capital o Radio Éxitos a todo volumen, esparcía el Excélsior de antes de Scherer por todo el piso y pintaba techos, marcos y paredes. Empezaba por el removedor, que es trago fuerte. A solas y a sabiendas de que todo se puede tapar, escribía obscenidades o dibujaba pescaditos sobre la capa de pintura condenada y ya descascarada con la espátula, o si no, fallidos intentos de gráfica sexualmente explícita, o imprimía las palmas de mis manos por todo el lugar. La parte acrílica era descafeinada por así decir, pero en llegando a la etapa vinílica el tíner, el aguarrás y el cemento líquido impregnaban mis estopas, que se hacían dueñas instantáneas de mi alma inflamable como gasolina blanca y me ponían a volar a carcajadas amplias.

Un día vomité, pero no importó. Que me pagaran por alterarme la conciencia y financiar el rol foráneo era el colmo de la suerte. Creo que nadie en mi secundaria usaba esa clase de sustancias, no conocíamos todavía más enervantes que nuestras hormonas locas. Si aquella era una forma de virginidad, el tíner se llevó la mía.

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Jose María Carmona

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