Robert Fisk

En días pasados solía yo comparar la presidencia de Trump con las dictaduras árabes. El estadunidense se solazaba en compañía del egipcio Sisi (60 mil presos políticos) y sus febriles diatribas tenían mucho en común con las de Muammar Kadafi, a quien no conoció, pero que también fue autor de un libro que nunca escribió (en cambio Tony Blair y Kadafi intercambiaron besos en la mejilla). Sin embargo, en la semana anterior he comenzado a darme cuenta de que el orate de la Casa Blanca tiene mucho más en común con la Roma antigua.

Mi antiguo profesor de clásicos me dijo –cuando lo llamé melodramáticamente por mi celular desde el Foro Romano, durante la ocupación estadunidense de Irak, en tiempos de George W. Bush– que los romanos eran un pueblo desenfrenado, pero no se habrían impresionado con el manejo estadunidense de la campaña en Irak.

Tenía razón, pero ahora estoy convencido de que hay algo claramente desenfrenado en la presidencia de Trump. El odio, las amenazas, la furia, tienen mucho en común tanto con la república romana (la versión romana de la democracia popular) como con el imperio, en el que varios emperadores mostraron ser tan dementes como Trump.

Catón el Censor, hombre peligroso, terminaba cada uno de sus discursos con las palabras Carthago delenda est, Cartago debe ser destruida. ¿No es exactamente el lenguaje de Trump? ¿No dijo que podría borrar a Afganistán de la faz de la tierra, que podría destruir por completo a Corea de Norte, que Irán será arrasado si ataca a Estados Unidos?

Catón logró lo que quería. Cartago fue arrasada, sus pobladores vendidos como esclavos, aunque sus tierras no estaban sembradas de sal, como más tarde afirmaron historiadores ingleses. Hasta ahora Trump ha sido más Cicerón que Catón, y Pompeo más Plinio que Pompeyo. Hasta ahora.

Pero la retirada estadunidense de Siria, la mayor desgracia de su ejército, sólo superada por su nuevo papel como mercenario de Arabia Saudita –porque la nueva llegada de los militares estadunidenses al reino será pagada por el régimen que masacró a Jamal Khashoggi–, tiene oscuros ecos en la antigüedad.

Al contrario de la versión hollywoodense de su historia, el imperio romano no se derrumbó en un par de días. Los godos, ostrogodos y visigodos no engulleron Italia en un fin de semana. La caída del imperio llegó poco a poco, en el curso de años, en pequeños incrementos: legiones en el olvido, aliados tribales sin paga… y luego traicionados.

Una de las provincias romanas más problemáticas era Cilicia. Siempre cambiaba de manos. Su pueblo se alió con Roma y luego fue abandonado, cuando las legiones se fueron o los impuestos se agotaron. Cilicia, por infortunada coincidencia, estaba casi exactamente sobre el borde occidental de la actual frontera entre Turquía y Siria (kurda). Aún quedan algunas ruinas romanas en esa antigua provincia, para recordar a sus ejércitos actuales –que sin duda se han dado cuenta– cuál sería su destino. Dudo que haya un solo soldado estadunidense en Siria que sepa esto… y, desde luego, ellos deben negociar su salida de esa tierra igualmente antigua. La memoria institucional, ya no digamos la histórica, ha sido borrada desde hace mucho por la Internet.

El imperio romano cayó en pedazos. Los senadores, que vivían en las ruinas de la vieja república, sabían que algo andaba mal. El pueblo entendió su caída solo en etapas. Los grandes caminos romanos dejaron de ser reparados. Las legiones ya no podían avanzar tan rápido (aun si se mantenían leales a Roma). Luego el servicio de correos procedente del norte de África comenzó a fallar hasta detenerse. El trigo para el pan –venido con frecuencia del actual valle de Bekka, en el este de Líbano– dejó de llegar a la capital.

En medio de los disturbios populares en Roma, donde líderes rivales se amenazaban unos a otros, estos asuntos pasaban a menudo inadvertidos. Por desgracia, el juicio político no era opción en el mundo antiguo.

Pero la espada (o el veneno) podía hacer su trabajo. Los enemigos políticos eran acusados de traición. ¡Crucifíquenlos! ¿No es eso lo que Trump dice de los medios estadunidenses, de los demócratas o de quien se atreva a enfrentar sus abominables mentiras y sus ataques a la democracia de su país?

No, no sugiero que el imperio estadunidense nos dejará de la misma forma. Pero el deplorable abandono de los kurdos, la semana pasada, la debilidad de Trump al permitir que los turcos –y sus perversos aliados árabes– se abran camino hacia el norte de Siria a base de masacres, tendrá el mismo efecto que tuvo en la antigüedad. Si ya no puede uno confiar en Roma, ¿a qué imperio volverá los ojos?

Sí, al de Putin, claro. Puede que sea un tirano, pero al menos está cuerdo. Y sus legiones se mantuvieron fuera de la guerra en Siria y salvaron al régimen de Assad. Limpiaron de minas de Isis las carreteras –restauraron los caminos, algunos de los cuales (increíblemente) eran caminos romanos– y aprendieron árabe. Tal vez, de hecho, Putin ahora desempeña el papel del antiguo imperio romano de Oriente, el cristiano, que sobrevivió en Constantinopla/Bizancio cientos de años después de la caída de Roma. Todo Medio Oriente es ahora su imperio, todas sus capitales dan la bienvenida al emperador: Teherán, El Cairo, Ankara, Damasco, Riad, Abu Dhabi.

Hace más de 20 años estuve en Washington, tratando de encontrar al fabricante de misiles que produjo el cohete que Israel disparó hacia una ambulancia civil en el sur de Líbano y con el que mató a todos los que iban en ella. Y me estremeció ver cuánto se parece Washington a Roma. Sus grandes palacios de Estado (excepto el Departamento de Estado mismo, claro) habían sido modelados a propósito sobre la arquitectura romana.

Washington no fue construida como capital de un imperio físico –más bien filosófico, sospecho, en mis momentos más amables–, pero se ve (al igual que Viena, Berlín, París, Londres) como si los primeros estadunidenses de la era de la independencia intuyeran que algún día sería la capital de la nación más poderosa de la tierra. Bueno, lo fue.

Pero Trump ha cambiado todo eso. Para desesperación de sus pocos amigos (los no desenfrenados) y gozo de sus enemigos, ha degradado a su país. Los sirios, cuya historia se remonta mucho más atrás que la de los estadunidenses, han vuelto a aplicar su vieja política: esperar. Y esperar. Y luego marchar sobre Manjib en el momento en que los estadunidenses se vayan. Eso es lo que los enemigos de Roma hicieron cuando las fronteras del imperio se derrumbaron en Germania y luego en las Galias y en los Balcanes –de todos los lugares– y más tarde en Palmira y en la actual Siria.

En cuanto a la noble arquitectura washingtoniana, ahora ocupa su lugar junto a la vieja capital del imperio austrohúngaro, donde los espléndidos edificios vieneses de Estado parecían avergonzados de su majestuosidad. Los poderosos e históricos muros que hay que estudiar ahora son los del Kremlin.

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