Hermann Bellinghausen

La generación Wikileaks inaugura una nueva era para las libertades civiles y el derecho a la información. Un siglo separa los complicados heroísmos de Julian Assange, Chelsea Manning y Edward Snowden de las hazañas precursoras de la moderna defensa de los derechos humanos por Roger Casement y Edmund Dene Morel. Los cinco tienen en común ser individuos con una ética elevada, exigente e incorruptible, tan sólida como sus egos exaltados (así son los héroes), carismáticos y peligrosos, que acabaron mal: cárcel o exilio, demolición de su figura pública, envejecimiento prematuro, y al menos Casement, el patíbulo, que también acecha a Julian Assange ahora que lo tiene la justicia británica y lo reclama la estadunidense.

El destino más trágico es el de Casement, cuya sombra pesa sobre Assange. Uno irlandés, el otro australiano, proceden de la periferia del reino y su labor puso en aprietos a otra potencia aliada (Bélgica el primero, Estados Unidos el segundo). Sedujeron al mundo bienpensante con aportaciones dramáticas y trascendentales, pero lo pagaron caro.

Casement sería el informante clave de Joseph Conrad para El corazón de las tinieblas. Su amistad y su testimonio completaron al novelista el esquema de su obra maestra, con el trasfondo apenas metafórico del genocidio belga en el Congo entre 1890 y 1910. Diplomático de segundo nivel (no era inglés de nacimiento), Casement destacó por su diligencia, inteligencia, eficacia e integridad. Como cónsul británico en Boma, conoció las atrocidades del rey empresario Leopoldo II y las expuso al mundo, junto con Morel, un buen ciudadano que le hubiese gustado a Ibsen, quien con su esposa Mary Richardson levantó la causa contra el genocidio y ayudó a frenarlo. En El fantasma del rey Leopoldo (1998), Adam Hochschild los presenta como creadores del método Amnistía Internacional y demás: documentar, denunciar, movilizar, actuar para que los poderes cumplan las leyes y la decencia humanitaria, exigir reparación.

Condecorado, celebrado pero incómodo, el diplomático Casement fue enviado a Sudamérica para alejarlo de África, donde Inglaterra tenía demasiados intereses. W G Sebald relata en Los anillos de Saturno (1995) que cuando fue transferido a Sudamérica “exhibió las condiciones de los indígenas en las selvas de Perú, Brasil y Colombia, semejantes a las del Congo en muchos aspectos, con la diferencia de que el agente causal no eran las compañías mercantes belgas sino la Amazon Company, con oficinas centrales en Londres. En la Amazonia también se arrasaban tribus, y regiones enteras ardían hasta la raíz. El reporte de Casement, y su incondicional apoyo a las víctimas, le ganó algún respeto en la Foreign Office, pero las altas esferas repudiaron su celo contra la prometedora extracción amazónica. El Imperio se apresuró en nombrarlo caballero por sus servicios en favor de los pueblos oprimidos de la Tierra”. La intención de callarlo fracasó: “Pronto abrazaría la causa de ‘los indios blancos de Irlanda’”, escribe Sebald.

Su comprometido humanismo se le enredó cuando, a media Guerra Europea (a la que él y Morel se oponían, como Karl Kraus en Viena), surgió la cuestión irlandesa en 1916 y Casement apoyó a los independentistas de su país, se involucró en un trasiego de armas para la revolución, fue descubierto, encarcelado, juzgado y condenado a la horca. Además se le exhibió como homosexual confeso, delito grave en la Inglaterra victoriana (remember Oscar Wilde).

Difícil no pensar en Assange y Ma-nning, ambos hoy en la picota. El poder imperial necesita destruirlos como traidores, por más que la sociedad civil del mundo los admire y agradezca su determinante labor.

Por oponerse a la guerra, Morel conoció prisión en la misma Torre de Londres, donde su amigo Casement había sido ejecutado. En sólo seis meses Morel encaneció, se debilitó y nunca volvió a ser el mismo. O tenemos a Snowden, satanizado y expulsado para siempre de su país. Y Manning, un soldado que para colmo eligió ser mujer. Por el flanco izquierdo, la estigmatización y la suspicacia sexual alcanzaron al mismo Julian Assange.

El mundo, fascinado con estos héroes de la verdad y la libertad, no resiste la chimolera tentación de destruirlos. A Casement, exhumado de una fosa anónima en 1965, apenas ahora se le vuelve a recordar. Su perdón sólo existe más allá del olvido.

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Jose María Carmona

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