Carlos Martínez García

Todo tipo de fundamentalismos recorren la vida pública en las sociedades contemporáneas. Esas visiones de la vida buscan ofrecernos sistemas acabados que tienen respuestas para todo, así como soluciones definitivas para cada problemática, ya sea personal y/o social.

El integrismo es panóptico: todo lo incluye en su ojo vigilante, como lo adelantó literariamente George Orwell, en su libro 1984. El integrismo sanciona cada pensamiento y conducta de acuerdo con un canon bien establecido por los intérpretes de los textos sagrados, sean religiosos y/o políticos. En cuanto a la intolerancia, ésta es casi consustancial a cada grupo humano; la variante es la forma en que se exterioriza, ya sea como un simple movimiento negativo de cabeza o mediante actos que buscan la desaparición de los diferentes.

El fundamentalismo debe su nombre a una reacción dentro del protestantismo conservador estadunidense. En una conferencia que tuvo lugar en las Cataratas del Niágara en 1895, los asistentes coincidieron en defender cinco puntos, los que consideraban fundamentales para la fe cristiana: 1) La inerrancia de la Biblia; 2) el nacimiento virginal de Jesús; 3) su muerte en la cruz, sustituta y salvífica en favor de los pecadores; 4) su resurrección corporal, y 5) su inminente retorno a la tierra (Justo L. González, Essential theological terms, Westminster John Knox Press, Louisville, Kentucky, 2005, p. 66).

Después, a principios del siglo XX el ala más conservadora del protestantismo estadunidense produjo una serie de libros titulados The Fundamentals. El objetivo de los volúmenes era fijar las verdades del cristianismo frente a los avances del ala liberal protestante, la que cuestionaba, o negaba, la dimensión sobrenatural de algunas enseñanzas bíblicas. En consecuencia, como ha dicho Umberto Eco, el fundamentalismo es antes que todo un proceso hermenéutico ligado a la interpretación de un libro sagrado. Por supuesto que el fundamentalismo existió mucho antes de los primeros años del siglo pasado, pero es a partir de entonces cuando la postura que toma literalmente los postulados bíblicos, o de cualquier texto tenido por divino, llega a ser conocida con aquel concepto.

Fundamentalistas hay en todas las religiones, pero esto no tiene por qué ligarse, necesariamente, a posturas agresivas o imposiciones éticas hacia quienes tienen otras creencias y prácticas. Por ejemplo, grupos que se consideran poseedores de la verdad, y practican una clara diferenciación entre ellos y el resto de la sociedad, pueden ser, o no, imposicionistas para con los del mundo. A tales grupos se ingresa por conversión, y acto seguido se establece un compromiso del converso en las tareas de difundir su nueva fe. Se espera que los postulados éticos de la creencia sean practicados por los integrantes de la agrupación, pero no por los de afuera, porque carecen de la internalización de los principios doctrinales/éticos que solamente da la experiencia conversionista. El compromiso es voluntario y, por tanto, este tipo de integrismo (definido como la disposición a practicar las enseñanzas religiosas en cada aspecto de la vida cotidiana) es limitado, ya que está circunscrito a quienes conforman el grupo.

Muchas veces hay confusión entre fundamentalismo e integrismo, y se les toma por sinónimos. Nuevamente recurrimos a Umberto Eco para clarificar el malentendido semántico: Por integrismo entendemos una posición religiosa y política, a la vez, que persigue hacer de ciertos principios religiosos un modelo de vida política y la fuente de las leyes del Estado (Definiciones lexicológicas, varios autores, La intolerancia, Ediciones Granica, Barcelona, 2002, p. 16). En esta definición de integrismo caben organizaciones católicas mexicanas, como El Yunque, Osama Bin Laden y sus huestes, la Christian Coalition, organismo conservador estadunidense, el Partido Encuentro Social de inspiración evangélica y un muy amplio abanico de agrupaciones que buscan imponer mediante las estructuras de poder sus convicciones religiosas a toda la sociedad. Todo integrista es fundamentalista, pero no todo fundamentalista es integrista. La que hacemos puede parecer una diferenciación ociosa, de tintes academicistas, pero en el matiz hay una distancia que es importante tener en cuenta al momento de los análisis que conforman nuestras decisiones y actitudes.

Aunque nunca se fueron del todo, en las últimas décadas del siglo XX y primeras del XXI han resurgido los integrismos. Mientras parecía constante el avance del Estado laico, con distintos ritmos, por todo el orbe, imperceptiblemente, se iban fortaleciendo los gurús, profetas, iluminados y santones que prometían llegar al cielo por asalto e instaurarlo como realidad factible en las sociedades terrenales. Para ellos, quienes duden de la promesa, la critiquen o desdeñen son infieles y no vale la pena convencer, sino que es necesario someter. En dicha acción todos los medios son válidos. Contra los herejes, sentencian iracundos, cualquier recurso es útil dado el tamaño de su contumacia y peligrosidad.

Hoy es imprescindible reforzar las tareas educativas que difundan el valor de esa frágil virtud que es la tolerancia, la noción de que los otros tienen derecho a elegir y reproducir sus rasgos identitarios. La tolerancia por sí misma no puede enfrentar a sus enemigos, necesita el entramado de las leyes que sujeta los ánimos monocromáticos de los imposicionistas. La construcción de la tolerancia, en los ámbitos personal y social, es insustituible en las personalidades y sociedades auténticamente democráticas.

Jose María Carmona

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