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CHEMA 4

 

SEÑOR DR. MEDARDO SERNA GONZÁLEZ RECTOR DE LA UNIVERSIDAD MICHOACANA, DEMANDAMOS PONER ALTO A LA PERSECUSIÓN POLÍTICA EN EL ININEE CONTRA EL MTRO. JOSÉ MARÍA CARMONA ROCHA.

Vilma Fuentes

El 11 de octubre de 1963, el anuncio de la muerte de Edith Piaf conmovió la Francia entera. La noticia rebasó las fronteras. Su fallecimiento afectó profundamente a su amigo el escritor y artista Jean Cocteau, quien falleció seis horas después de enterarse de la muerte de Edith. Es el buque que acaba de hundirse. Es mi último día sobre esta Tierra, alcanzó a declarar antes de morir. En realidad, Piaf murió el 10 de octubre en Grasse, pero su despojo trasladado a París de manera clandestina dio lugar a un acta de defunción fechada al día siguiente. Ella encarnaba un pueblo, él representaba su espíritu. El convoy fúnebre de Piaf fue seguido por medio millón de personas. El entierro del escritor fue llevado a cabo en la intimidad. Ninguno de los dos recibió el homenaje de un funeral nacional. La muerte de ella ensordeció, la de él fue un murmullo.

Este 5 de diciembre, el escritor y académico Jean d’Ormesson murió a los 92 años. Su fallecimiento cubrió páginas enteras de la prensa francesa, cuando no se le dio la primera plana de algunos diarios y de muchas revistas. Sin embargo, la muerte del popular cantante Johnny Halliday, ocurrida en la madrugada del 6, opacó la noticia del fallecimiento del escritor y periodista. El star de rock recibirá seguramente funerales nacionales: los usos de la época y la com han cambiado.

La muerte de un escritor no es, sin duda, un evento más triste que la de cualquier otro ser humano. La muerte no es nunca alegre. Es sólo parte de nuestro destino. La del escritor Jean d’Ormesson parece incluso normal a su edad. Lo sorprendente es que la prensa escrita y audiovisual habla de su muerte con un tono más bien jubilatorio. Tal es el milagro de este hombre: incluso el día de su fallecimiento, la alegría vence a la tristeza. Es un verdadero don no hacer llorar nunca y compartir con los otros la dicha, tan efímera y sin embargo tan infinita, de vivir. Jean d’Ormesson tenía este don.

El escritor que fue no era verdaderamente de su época. Qué más siniestro y pesimista si no una época donde el libro de Jean-Paul Sartre La náusea sirve de evangelio a varias generaciones. D’Ormesson escribía de lo contrario. Qué más bello si no vivir, amar, extraer lo mejor de los cortos instantes que nos son otorgados. Era necesario mucho valor para escribir eso cuando cada autor se siente obligado a llorar sobre la desgracia del mundo.

Pocos escritores franceses han sido tan elogiados como Jean. Me permito la familiaridad de llamarlo Jean porque así hablábamos. La última vez fue durante el homenaje a Carlos Fuentes en presencia de Silvia Lemus. Jean participó amigable y cortés, sin por ello caer en el juego de las mundanidades. Ese fue acaso el genio de este escritor. Jean poseía el don de nadar incluso en aguas más turbias que las de las recepciones sociales, en tanto diplomático, periodista, director de Le Figaro y político.

D’Ormesson perteneció, desde su nacimiento y durante toda su carrera, a la élite de la sociedad. Hombre de derecha, fiel a sus orígenes y a su familia, devino el ídolo de la izquierda. A tal punto que François Mitterrand, presidente socialista, el día en que transmitió el poder a su sucesor Jacques Chirac, lo invitó a compartir su último desayuno en el Elysée.

Lo que cuenta, para un escritor, es el amor de la lengua. La lengua francesa para D’Ormesson. Su patria. Y la lengua es el espíritu. El famoso espíritu francés, del cual Jean d’Ormesson fue la encarnación absoluta. La primera prueba era su imposibilidad de tomarse en serio. Comprendió que la vida es una farsa y es mejor reír que llorar. Este hombre de derecha se convirtió en el preferido de la izquierda. La vida humana no puede reducirse a categorías políticas. Un escritor no es de derecha ni de izquierda. Su palabra viene de más lejos y no se limita a debates estériles; debe dejar escuchar las voces de su pueblo, múltiples y contradictorias. Es su riqueza. Jean d’Ormesson lo sabía.



Jose María Carmona

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