Soledad Loaeza

Donde menos se lo espera uno salta la liebre. Así me ha ocurrido con los acontecimientos políticos más recientes en Estados Unidos. Jamás me hubiera imaginado escuchar a un alto funcionario de la Casa Blanca decir públicamente que la prensa debe callarse y que los medios son una oposición con la que hay que acabar. Ha sido una sorpresa muy desagradable leer declaraciones también de altos funcionarios estadunidenses, que son en realidad advertencias, como la que espetó la nueva embajadora ante Naciones Unidas, Nikki Haley, de que iban a llevar la cuenta de los votos en contra de sus posiciones en ese organismo, porque iban a pagar bien cara la insubordinación.

Nada de esto hubiera sido extraño en una dictadura como la que estableció Idi Amín Dada en Uganda en los años 70, pero ¿Estados Unidos? ¿El país de Tom Paine, de Thomas Jefferson, de Abraham Lincoln, de Franklin D. Roosevelt, de Martin Luther King, de Bob Dylan?

La actuación del presidente Donald Trump en las dos primeras semanas de su administración ha dejado al descubierto un señalado talante autoritario que comparten los miembros de su equipo, los legisladores republicanos y, muy probablemente, una proporción elevada de sus simpatizantes. Están ejerciendo el poder apoyados en argumentos, o mejor dicho, en gestos de autoridad, que sugieren por lo menos indiferencia frente a la legitimidad democrática del voto que después de todo los llevó a la Casa Blanca. Esta misma actitud han adoptado en sus relaciones con el exterior, al que han dejado de ver como un universo poblado por aliados y adversarios. Hoy, para una proporción considerable de la población estadunidense, su país está rodeado de enemigos y parásitos. El gobierno estadunidense actual se comporta como si hubiera llegado al poder por una vía antidemocrática.

Parecería que la victoria electoral liberó en los republicanos la vena autoritaria que late en el corazón de todos los seres humanos, pero que normalmente está contenida por reglas de convivencia y de ejercicio del poder. Creo que nacemos con un pequeño autoritario dentro, pero que lo doman las instituciones, las exigencias de la vida en común. Ahora estamos presenciando las consecuencias de la retórica insolente de Donald Trump, que parece haber liberado a millones de pequeños autoritarios, en una sociedad que hasta diciembre pasado fue modelo de democracia. Basta ver su amplia sonrisa de satisfacción cuando firma una orden ejecutiva, es decir, una disposición que no tiene que someter al Congreso, que tampoco pone a prueba en los medios que hoy son los tradicionales (es decir, los electrónicos). El único problema es que así no funciona la democracia, aunque la orden ejecutiva sea un instrumento de gobierno perfectamente legítimo.

Las bruscas respuestas de los nuevos funcionarios a las preguntas de los periodistas o su negativa a responderlas indican que las escuchan como cuestionamientos y no como una forma legítima de participación.

Al término de la Segunda Guerra Mundial se hicieron muchas investigaciones de toda naturaleza: sicológicas, sociológicas, históricas, biológicas, económicas, políticas, que buscaban las raíces del nacionalsocialismo. Más bien, buscaban explicar por qué esa fórmula política monstruosa, primitiva e inhumana alcanzó el éxito en la sociedad alemana, que era de las más educadas, cultas y civilizadas de su tiempo. ¿Qué nos decía esa experiencia de los alemanes? ¿Que les gusta la autoridad y el orden, o que el Führer había triunfado y había llevado a una generación entera de alemanes y más al abismo, porque supo posesionarse del papel del padre riguroso que habían perdido en la Primera Guerra Mundial? Obviamente estas respuestas son insuficientes. Tanto así que siguen publicándose biografías de Adolfo Hitler, investigaciones y análisis del poder nazi. El objetivo de estos trabajos es entender qué pasó, por qué un tercio de los alemanes votó por el partido nazi en 1933, y luego apoyó la desquiciada utopía de un individuo que ni siquiera era alemán.

Ha pasado tiempo suficiente y han acontecido tantas tragedias en el mundo desde 1945 que no podemos afirmar que la vena autoritaria es un atributo específicamente alemán. Nuestra experiencia latinoamericana no ha alcanzado ni los niveles ni la intensidad del autoritarismo nazi; pero las dictaduras chilena y argentina de los años 70 prueban que la vena está ahí, como ha estado entre nosotros los mexicanos. Si esto es cierto, que en cada uno de nosotros late esa vena, entonces hay que tratar de entender qué la irrita, en qué condiciones se exalta, porque sólo así se podrá controlar.

El mayor peligro que pende sobre nuestras cabezas es que nos acostumbremos a vivir con la vena autoritaria suelta.

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